Cecile, en la delgada línea entre refugiada y migrante

Su piel y la de su hijo destacan en el campamento improvisado de Karatepe en Mitilini, la isla de Lesbos. Sin embargo, pasan desapercibidos entre las más de 400.000 personas que huyeron de sus países hacia Europa. Llegaron en la misma balsa de plástico que decenas de refugiados sirios, pero arrastran la etiqueta de migrantes. Persiguen la misma meta: salvar sus vidas.

Cecile, una de las pocas refugiadas negras que llegaron solas al campamento de Karatepe./ Lucía Muñoz.

Cecile, una de las pocas refugiadas negras que llegaron solas al campamento de Karatepe./ Lucía Muñoz.

Cecile marchó con su marido desde Camerún hasta el Líbano por una oferta de trabajo. Allí nació su hijo, que ahora tiene 5 años. Desde entonces, el pequeño nunca ha pronunciado ni una sola sílaba. Los médicos no supieron diagnosticarle nada exacto. Preocupada y desesperada ante la situación de inestabilidad que vive El Líbano y la reducción de casi el 40% de la ayuda humanitaria que antes recibía el país, decidió poner remedio dando el salto a Europa.

Su pareja se quedó en Turquía. Agarrada a su hijo subió a la balsa que, arrastrada por un viejo motor y las olas del mar Egeo, los llevaron hasta la isla helena. Durmió en Karatepe, un campamento improvisado, sin agua y que no cubre las necesidades básicas, a las afueras de la ciudad con más de 3.000 personas a principios de julio. Allí pasó varios días hasta que consiguió la documentación necesaria que otorga el gobierno de Grecia para moverse libremente por el país. “¿Qué puedo esperar en Camerún? No puedo encontrar una solución a lo que le ocurre a mi hijo. Por eso vengo a Europa”, repetía una y otra vez Cecile para convencerse a sí misma de que su decisión era la correcta.

Llegó hasta Atenas y posteriormente en tren hasta Tesalónika. Consiguió un autobús hasta Idomeni, en la frontera con Macedonia, que cruzó a pie, atravesando alambradas hasta que pudo montar en un tren que los llevaría hasta Serbia. Sin embargo, tuvieron que andar varios kilómetros hasta Belgrado para subir a otro autobús que les dejó en la frontera con Hungría. Cecile tuvo suerte. Aún no estaba terminada una valla de cuchillas de 175 kilómetros de largo, vigilada bajo los gases lacrimógenos de la policía húngara y que han obligado a los refugiados a cambiar su ruta pasando ahora por Croacia. Así que, tras andar siete horas durante la noche, los recibieron con los brazos abiertos para darles cobijo en el calabozo. Con el niño pegado a su pecho, pasó dos días en prisión.

Tras 48 horas, salieron sin equipaje. Nada más que con un documento incompleto otorgado por la policía que los dejaría de nuevo a las puertas del campamento de Debrenec, Hungría. En mejores condiciones que en Karatepe, pero igual de desbordado por la llegada de refugiados, Cecile y su hijo tuvieron alojamiento y dos platos caliente al día. Aquí, las autoridades húngaras le proporcionaron otro documento para andar libremente durante tres meses por territorio Schengen. Así que, sin pensarlo dos veces, viajó en tren hasta París para buscar lo antes posible una solución para la enfermedad de su hijo.

Cecile es una migrante ante los ojos de la Unión Europea por su nacionalidad subsahariana. Sin embargo, al igual que otros refugiados, la mayoría de personas que proceden de África huyen también de miserias, hambrunas y violencia. Un continente rico, pero expoliado por grandes empresas multinacionales, por países colonizadores y hasta por un Nobel de la Paz como Europa que explotan los recursos de Níger, país rico en uranio que sirve para el combustible de las centrales nucleares; de la República Democrática del Congo que acumula casiterita, de donde se extrae el estaño, y también oro, cobre y diamantes; al igual que de la República Centroafricana y Chad y Sierra Leona.

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