Karatepe, improvisando la supervivencia

Familias enteras se refugian en tiendas improvisadas sin ningún recurso./ Foto: Lucía M.

Familias enteras se refugian en tiendas improvisadas sin ningún recurso./ Foto: Lucía M.

Ya no existe momento, ni lugar concreto. No importa que salga o que se esconda la luz del día. Lo que sí son seguros cada día entre la inmensidad del mar heleno son los gritos perdidos de auxilio de refugiados. Los apenas diez kilómetros del mar Egeo que separan Turquía y la isla griega de Lesbos se han convertido en una travesía diaria para los cientos de refugiados sirios, afganos e iraquíes, principalmente,pero también subsaharianos y banglasies que abandonan sus países y se tiran al mar huyendo de conflictos armados y del terrorismo.

Alrededor de 100 personas se aprietan en una balsa de plástico donde no hay capacidad ni para la mitad, mientras que en este último fin de semana, han podido llegar entre 30 y 40 de estas. Familias enteras se abrazan en el trayecto con los ojos puestos en Europa. Exhaustos, desesperados, perdidos, con los brazos alzados al cielo, saltan antes de tocar tierra sin nada ni nadie que les ofrezca socorro y un suspiro de esperanza tras haber ganado la batalla a una muerte probable en el mar, pero segura en sus países de origen. “Llegamos hoy por la mañana. Es una vía muy peligrosa, pero conseguimos llegar vivos, gracias a Dios. Perdí todo lo que llevaba conmigo, pero quiero ir a Europa para continuar mis estudios”,  tartamudeaba de la emoción Samer Al-Hajmal, un joven sirio.

Como Samer Al-Hajmal son más de 159.000 personas las que han llegado en lo que va de año a las islas griegas, según la Agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR). Tan solo en la semana del 8 al 14 de agosto llegaron casi 21.000, una cifra que representa casi la mitad de todos los refugiados que llegaron a Grecia en todo 2014. Pero de momento, solo han cruzado la primera línea de salida como consecuencia de guerras que se intensificaron en sus países por parte de occidente a partir de unos intereses económicos y políticos que violan sus derechos humanos y les obliga al exilio, que además tienen que hacer frente a una situación insostenible agravada por la llegada de grupos terroristas.

Sin agua y sin comida, los refugiados viven en condiciones inhóspitas./ Foto: Lucía Muñoz

Sin agua y sin comida, los refugiados viven en condiciones inhóspitas./ Foto: Lucía Muñoz

Inmediatamente, tras llegar a la isla, todavía con el cansancio acumulado y familias con los niños en brazos, los refugiados andan más de 60 kilómetros durante varios días hasta llegar al pequeño núcleo urbano de Mitilini, un destino turístico ahora repleto de tiendas de campaña y que se ha visto desbordado sin los medios suficientes para hacer frente a esta situación. “El Ayuntamiento de Lesbos lleva a sus espaldas los intereses de las grandes potencias que han dado lugar al problema de la inmigración de las grandes potencias, pero también cargamos con la apatía de la Unión Europea que no tiene una política para ayudar a un socio suyo y que sin embargo necesitamos, porque esto se puede extender a otros países de la Unión”, criticaba y se adelantaba el alcalde de Mitilini, Spyros Galinos, a lo que ahora está ocurriendo en Europa.

A diferencia de otros protocolos, son las mismas personas las que acuden a humildes cabinas de policía local instaladas en el puerto para identificarse y así obtener un documento que les permita llegar hasta Atenas y moverse libremente por territorio Shengen. Pero para ello, tendrán que esperar varios días. El Centro de Retención de Inmigrantes en la localidad de Morya se ha convertido en un lugar inhóspito. Rodeado de basura y enseres de cientos de personas que van de paso, supera la cifra de 1200 refugiados, cuando su capacidad se limita a 700. Por ello, Imat Jamut, con nacionalidad de Siria, ha tenido que instalarse en un campamento improvisado por los refugiados que alberga la escalofriante cifra de más de 3.000 personas en tiendas de campañas en condiciones inhumanas e inhóspitas sin ningún tipo de higiene y ni siquiera agua potable. “Llegué a Karatepe hace cuatro días. La capacidad de este campamento es para 500 personas y estamos seis veces más de su capacidad. Los niños necesitan comida y la que traen no es suficiente para todos”, explica la situación. Imat huyó de su país para salvar su vida y continuar sus estudios. “Hay guerra en todas las ciudades. Estás en casa y las bombas pasan por encima. No sabes cuándo vas a morir. No hay seguridad ahora mismo en Siria”, dice con palabras, pero lo expresa con la mirada.

Refugiados con ansias de esperanza reciben el documento que les permite salir de la isla y andar por Grecia libremente./ Foto: Lucía M.

Refugiados con ansias de esperanza reciben el documento que les permite salir de la isla y andar por Grecia libremente./ Foto: Lucía M.

Muchos de los refugiados no saben donde se encuentran realmente. Desconocen su punto en el mapa y se pierden en las distancias. No quieren dejar sus huellas en los países de paso para pedir asilo en sus objetivos marcados: Alemania y Francia. Un destino que la mayoría tendrán que alcanzar a pie y en tren una vez que llegan desde las islas a Atenas o Salónica, cruzando Macedonia, Serbia y Hungría. Sin embargo, llegados a este último punto de ahora en adelante el camino va a estar envuelto de un muro de 175 kilómetros de largo y acabado en afiladas concertinas para evitar la entrada de refugiados a Europa.

De momento, la Unión Europea sigue sin trabajar en conjunto. Son los países los que marcan sus propias políticas, mientras achacan su inactividad a una decisión consensuada entre todos. Por ello, la semana pasada, el presidente de la Comisión Europea, determinó que el viejo continente acogerá a 160.000 refugiados, 40.000 más de lo anunciado en julio.

A pesar de la poca sensibilidad humana y la falta de compromiso político por parte de los Estados, son los ciudadanos los que ponen medios ante esta crisis de refugiados sin precedentes. No hay que olvidar que bajo lo que han querido diferenciar entre refugiados o migrantes, lo que hay son personas con nombres y apellidos. Existen unas vidas. Y qué más da si no quieren morir en una guerra o no quieren morir de hambre.

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