Trabajadoras del campo, recolectoras de derechos

Trabajadora del campo durante la recogida de aceituna./Foto: S.R.

Trabajadora del campo durante la recogida de aceituna./Foto: S.R.

Antes de que amanezca, en la casa de Manoli ya huele a café. Se pone varios jerseys para combatir el frío que una vez en la faena le sobrarán. Esta mujer agricultora de 56 años trabaja en el campo desde los nueve para ayudar a su familia de ocho miembros a salir adelante en una época de dictadura y pobreza tras la posguerra. 

Durante todos esos años de trabajo y esfuerzo en el medio rural, el trabajo principal de Manoli consiste en recolectar aceitunas. También ha pasado por la vid, la recogida de frutales y ajos. Principalmente, las mujeres se encargan de coger a mano cada una de las aceitunas que aún están en el olivo o en el suelo llenando fardos (tela de rejilla que cubre el suelo y donde caen las olivas) y carros (remolques para transportar las aceitunas). Mientras tanto, los hombres se dedican a la maquinaria, pero con el cambio de época y la mecanización del sector primario, ellas también se han adaptado y cogen estas herramientas como una más. Sin embargo, es en la oliva donde ha pasado el mayor tiempo y donde menos cambios ha visto en cuanto a los derechos de los trabajadores y el reconocimiento de su labor.

El mayor problema es la invisibilidad que repercute en tres niveles fundamentales: la desigual distribución de las cargas de trabajo entre mujeres y hombres, quedando las mujeres relegadas a trabajos no remunerados, la precariedad de los empleos, ya que solo el 12,5% de las mujeres tienen trabajo fijo; y el trabajo que realizan además en el hogar, llevando de la casa o cuidado familiar. Un trabajo que tampoco es remunerado ni reconocido.

Pero su invisibilidad no queda resumida en el terreno de trabajo. Tampoco suele participar en las relaciones exteriores de la explotación, ni como socia en las cooperativas. Sus derechos quedan limitados a unos horarios incompatibles con las labores de cuidados en el ámbito doméstico que la sociedad patriarcal y machista le ha otorgado al género femenino.

En las actividades del campo se recompensa económicamente por día, o jornal, trabajado, de modo que la mujer rural tiene que anteponer la mayoría de las veces su faceta de cuidados a su trabajo, lo que les hacer poco independiente y autosuficiente, además de coartar en derechos.

El problema va más allá. En Andalucía, el 50% de la tierra pertenece al 2% de los ciudadanos, según el Sindicato Andaluz de Trabajadores, lo que empobrece aún más a este pueblo. Además, las mujeres se ven relegadas a un segundo plano y sin puestos de trabajo, porque son ocupados por hombres. A todo esto hay que sumar la corta y dura campaña olivarera que ha acontecido este año, lo que ha hecho que muchas mujeres no puedan sumar las 35 “peonadas” (mínimo de días trabajados) impuestos por el Ministerio de Agricultura para poder cobrar un subsidio agrario de 14 euros al día durante los seis meses restantes del año, mientras buscan un nuevo trabajo o esperan que comience de nuevo la temporada de aceitunas. Todo un reto económico y quebradero de cabeza entre números y ofertas del supermercado para que miles de familias puedan llegar a fin de mes.

Según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), la población ocupada en el sector agrario es mayoritariamente masculina (72%). Sin embargo, en estos datos no se tienen en cuenta a las mujeres cónyuges o familiares de los hombres titulares de la producción, que trabajan con él en ella, sin figurar en nómina. El Instituto Andaluz de la Mujer estima que casi el 30% de las mujeres que desarrollan alguna actividad laboral no cotiza en la Seguridad Social, y la mitad de las empresarias del sector agrícola no se consideran como tales.

Las agricultoras y ganaderas deberían de contar con un estatuto profesional que le concediera una serie de derechos propios en el sistema de protección social y así acceso a una profesión en la que se puedan sentir realizadas a la hora de ejercer su profesión en unas condiciones socioeconómicas y laborales, además de un acceso a la formación permanente que le permita avanzar en sus trabajos, acabando así con la segregación, aislamiento y exclusión laboral.

Manoli ahora está desempleada, pero no parada. Su casa sigue oliendo a café cuando amanece. La rutina del cuidado del hogar comienza temprano en unas labores que no tienen horarios, ni recompensa y tampoco reconocimiento. Aún así, se mantiene arriba, esperando la llamada del campo un año más.

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