Zainobu, diario de una madre migrante

Zainobu junto a Amira./Foto: Lucía M.

Zainobu junto a Amira./Foto: Lucía M.

En un lado Marruecos, a un paso, frente a los ojos de muchos migrantes que esperan pisar Europa, la Frontera Sur. Cada vez, es más habitual ver y escuchar historias que cuentan como personas ponen en peligro su integridad física, psicológica y emocional, incluso sus propias vidas en busca de una oportunidad, escapando de situaciones que violan por completo los derechos humanos fundamentales. Pero lo que no saben, es que en el lugar donde tienen puestas sus esperanzas también se quebrantan estos derechos, al fin y al cabo, que no existen políticamente.

Se habla de mafias, de redes. Se criminaliza al migrante. Pero en política, nadie se ha parado a pensar cuál podría ser la solución que acabase con esta tragedia que cada vez es más habitual y normal leer en prensa. Dicen que matando al perro, se acaba la rabia. Entonces, si las políticas de asilo y migratorias se hicieran acordes con la realidad con una regularización estable, continuada y certera, quizás los migrantes no tendrían que cruzar el Estrecho, atravesar no una, sino cinco vallas de alambrada, donde tres son de seis metros de altura y con afiladas concretizas, o tal vez, las mujeres y los menores no se verían en situación de ser muchos de ellos víctimas de trata.

La historia en muchos migrantes se repite. Zainobu, madre de gemelos salió de Camerún soñando con un futuro mejor para sus hijos. Acompañada por ellos, cogió un avión hasta Casablanca, en Marruecos. Una vez allí, recorrieron caminos hasta llegar a Tánger, donde se enamoró y fruto de ello nació una bebé, Amira. Pero el trayecto no acaba aquí, porque toda la familia tuvo que trasladarse hasta Nador para sentir más cerca su objetivo: Europa.

Una política migratoria injusta e inhumana le negó un visado a ella y a toda su familia, por lo que no tuvo más remedio que abrazar a sus hijos y subirlos a una zodiac para cruzar la frontera sur. Lo que iban a ser unas horas, se convirtieron en tres trágicos e interminables días. “Nuestro punto de referencia era una montaña blanca (Zainobu se refiere a la cima de El Veleta, en Granada, que se puede ver a lo lejos en el Mediterráneo), pero el tiempo empeoró y cuando dejé de verla sabía que algo iba mal”, relata Zainobu.

En esta embarcación iban 51 vidas, de las cuales solo llegaron a tierra 29. Amira fue la única menor superviviente de los 7 menores que iban en una patera que cruzaba el Mediterráneo a principios de diciembre y que no fue rescatada hasta más de 48 después de que zarpase a 37 millas del Cabo de Gata (Almería).

Muchas son las causas que se han derivado hacia esta tragedia. Causas que no hacen justicia a los miles de migrantes que se tiran al mar o buscan una alternativa a la falta de políticas. El Gobierno español y muchos medios de comunicación hablan de que el motivo de este suceso fue culpa de una pelea en la misma balsa, incluso se detuvieron a dos cameruneses acusados de homicidio de diez de los migrantes que se perdieron en el mar. Fuese lo que fuese, por falta de un protocolo burocrático y unas políticas que violan sus derechos humanos, Zainobu no pudo llegar a puerto con sus gemelos.

La bebé fue rescatada en alta mar y trasladada inmediatamente al hospital, donde pasó en la UVI cerca de una semana. Desde allí, junto con el resto de mujeres que iban en la patera, estas dos supervivientes cambiaron su destino hacia el centro de Cruz Roja en la comunidad andaluza. En esta sede solo pueden permanecer como máximo 60 días, después se quedan en la calle sin papeles, ni amparo ninguno. Esta madre y su hija estuvieron cerca de un mes, después con el dinero justo y la solidaridad de la gente decidió emprender su camino al norte de España, allí le esperaba un familiar que le ayudaría a reorientarse. Aquí espera al papá de Amira, que sin más remedio, tendrá que optar por la misma vía que ellas para su reencuentro.

Zainobu y mujeres migrantes junto a sus bebés en el centro de Cruz Roja./ Foto: Lucía M.

Zainobu y mujeres migrantes junto a sus bebés en el centro de Cruz Roja./ Foto: Lucía M.

Zaineb es una víctima de las políticas migratorias, perdió dos hijos y dejó a su marido en la otra orilla, pero sobre todo es una luchadora que solo quería ofrecer un futuro mejor a sus hijos fuera de conflictos armados y necesidades humanas básicas. Esta superviviente sacó fuerzas de donde no las hay para levantarse y plantarle cara a todos aquellos que no le dieron un solo papel que le permitiría coger un avión y no una balsa de plástico inestable en alta mar.

Según la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA), en 2014 fueron 11.146 migrantes los que lograron pasar por la frontera sur y llegar a España. La mayoría de las personas son hombres, concretamente un 88,38%. Sin embargo, un 6,15% fueron mujeres y el 5,45%, menores. Para ellos, el trayecto migratorio está marcado por la violencia física y sexual, embarazos forzados y por abortos clandestinos. Además, según esta asociación el Mediterráneo se ha cobrado la vida de 3224 migrantes, de los cuales 131 se han desaparecido o muerto en la frontera sur.

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